24 de febrero, día de la Bandera Nacional

Lázaro del Río

18 de febrero de 2012

Bandera de México, legado de nuestro héroes...

La finalidad principal de la reunión concertada por Enrique García y un servidor, era simplemente con motivo de aportar ideas e información para subir a Paxacu.com.mx un documental que hablara de todos los elementos que rodean la celebración de nuestro lábaro patrio.

La cita llevada  a cabo en el salón de juntas de la Biblioteca Central de Los Ángeles, era para lograr un reportaje que nos ilustrara un poco más sobre los orígenes de la celebración del día dedicado a nuestra bandera, es decir, una crónica  que arrojara más luz sobre cómo fue que nació nuestro símbolo y las trasformaciones que a través de los años a sufrido. Sí, esa bandera que ondeó por vez primera vez aquel sábado 15 de septiembre de 1917 en el Castillo de Chapultepec y que después, en 1934 se le dedicara un día para honrarla, la misma a la que actualmente, le rendimos honores todos los lunes por las mañanas y cada día 24 de febrero gracias al decreto emitido en 1940 por la administración del presidente Lazaro Cárdenas.  Se había acordado que el objetivo era únicamente crear información para saber más de lo ya conocido: que el verde significa el ideal de la independencia, que el blanco es la esperanza que debe haber en el país, algo  más que nos indicara que el rojo es la unidad y la pasión por ser mexicano.  La labor consistiría, pues, en obtener documentación que nos dijera un poco más de lo que todos sabemos: que el águila se identifica con el sol, la serpiente con la diosa Coatlique y que nos instruyera ampliamente sobre lo que significa el nopal y su fruto presumido en el centro de nuestro estandarte.

En torno a la enorme mesa oval nos encontrábamos sentados los dos amigos desde hace ya más de 30 años.  Todo iba fluyendo como estaba planeado para que nuestro reportaje fuera de utilidad, engrosara nuestro entendimiento y fortaleciera nuestro cariño por la Bandera Nacional, todo, hasta que yo externé una frase que desataría todo aquel caudal de ideas, de demandas, de insatisfacciones, de manifestación de sueños frustrados, de decepciones y de esperanzas.  Al parecer, Enrique esperaba ansiosamente una oportunidad como esta y conociéndolo desde la infancia, yo sabía que no la  desaprovecharía para ventilar todo aquel alegato que guardaba, según lo relatado, desde toda la vida, desde que éramos unos niños y asistíamos a la primaria David Franco Reyes, allá en nuestro pueblo natal.

Símbolo de unidad, de nuestros padres y nuestros hermanos...

La frase fue simple, diáfana, singular, inocente, sin pretensión alguna.  Observando el rostro moreno de mi compañero, con un dejo de añoranza, le dije: mi patria… ¿Cuando ira a mejorar? Enrique, reclinándose sobre el respaldo de la silla y ajustándose sus anteojos, puntualmente me contestó con voz pausada pero provocativa e irónica, se advertía un halo de insatisfacción… ¿Sabes cuándo va a mejorar, querido amigo?  Cuando hagamos algo por cambiar las cosas y dejemos de esperar, esperar y preguntarnos, eso precisamente, ¿Cuándo va a mejorar?, es entonces cuando veremos un cambio positivo en nuestra patria.  Yo, presintiendo que Enrique se pudiera extender en sus razonamientos, digamos incómodos, como anteriormente lo ha hecho, hojeando uno de los libros que previamente tomé  de un estante, aparenté centrar toda mi atención en aquellas páginas y desinteresadamente agregué: ―Bueno, desafortunadamente no gozamos de una posición desde donde se puedan cambiar las cosas. Enrique García, depositando sobre el ancho mueble el compendio de Historia Mexicana que sostenía en su mano izquierda, dejando que el lápiz con que tomaba notas, rodara libremente unos centímetros y tamborileando las yemas de sus dedos sobre la hoja de su cuaderno, me cuestionó nuevamente: ― ¿Desde cuándo se debe tener una posición privilegiada para hacer algo a favor del país que te dio la vida?, cerrando el libro que hojeaba, traté de desviar el dialogo hacia un terreno menos escabroso pero mi amigo, abiertamente me dejo saber que no estaba dispuesto a abordar otro tema, no al menos por ese momento al decirme:  ―mira, hermano, cuando se decide uno a hacer algo, por mínimo que esto sea, créeme, se logra. A continuación, de una forma directa, abruptamente, sin la menor transición y usando un tono de voz donde se notaba la sublevación, pisó el territorio que deseaba ―A propósito de patria, ¿Tu sabes lo qué esa palabra significa?, porque si lo sabes, desde luego que no ignoras que estamos obligados civilmente a agradecer a la tierra donde nacimos. ―el complemento a su pregunta propició que mi amigo, tomara el hilo de la conversación que ya no saltaría hasta el final de la misma: ―claro que lo sé y también sé que nuestro gobierno se encarga de promover el amor y el respeto por ella así como se preocupa para que todos los mexicanos recibamos una educación adecuada y una vida digna. Ésta vez, se paró de su asiento, deshaciéndose de sus lentes, y apoyándose sobre la brillante superficie de madera, mirándome directo  a los ojos, desafiantemente, espetó.  ―En este momento, si en este momento surgiera un conflicto armado, una conflagración donde se involucrara a nuestro México… ¿Estarías dispuesto a tomar un rifle y defender lo que tú consideras patria? ― Bueno, no exageres, tampoco se trata de eso amigo, le conteste. Él, rápidamente hizo que se alejara de mi la sonrisa, ― entonces ¿Cómo mides el amor por tu país, cruzándote de brazos  y viendo como nuestra patria sigue en este tobogán con un derrotero desconocido?, no sólo eso amigo, tú quizás entenderás mis cuestionamientos pues fuiste a la escuela, pero analicemos: ¿Crees tú que un maya, un yaqui, un mixteco, algún otomí, algún zapoteco, mazateco, huasteco, un cora, un chichimeca, un chontal, un lacandón, un huichol, un tahaumara, o un indígena de nuestro estado, un purépecha sepan definir el concepto de patria o de Bandera Nacional sin complicación alguna, o si gustas mejor pregúntale a los campesinos, a los tragafuegos, a los boleros de las plazas, a los cargadores de costales en los camiones , a las mujeres que llegan desde los más recoditos rincones de México a vender sus ollas, sus canastos, sus petates, sus comales y jarros de barro, simplemente para ser humilladas una vez más, ¿Estas convencido de que saben la respuesta los que se tienen que vestir de payaso para vender paletas y no morirse de hambre?, como los vimos entre los automóviles el sábado pasado en Tijuana, ¿Te acuerdas? ¿Crees tú que pelearían por defender a un país donde el gobierno promueve la educación, la igualdad, el respeto y el amor por el mismo, como tú lo mencionas? ¿Tienes seguridad de que un analfabeta que lucha todos los días por obtener las tortillas, le dará importancia a esa palabra, la conocerá, tendrá el defender a la patria entre sus prioridades? ¿Alguien de los mencionados, sabrá describir lo que siente al ver ondear nuestro símbolo patrio en esas imponentes astas? No, amigo, no.

Observando lo crispado de sus manos al presionar la parte superior de aquella mesa, contrario a lo que pretendía, agravé la situación: ―Todo eso se logrará por medio de la educación, por medio de la cultura que los maestros de mi país, interesados en mejorar la situación social, están propagando por valles, por montes, por….  ―Mira, amigo del alma, primeramente, no puedo forzarte a que opines de otra manera, ese es tu alcance intelectual, pero contéstame: ¿Ha cambiado, ha mejorado la educación desde que tú y yo dejamos nuestro pueblo para solventar nuestras necesidades? ― Los maestros… intente defenderme… ―Acaba pronto amigo, si ni siquiera han sido capaces de ponerse de acuerdo para quitar del trono a la corrupta dirigente vitalicia de su sindicato, ¿Les va a importar la educación de los alumnos?, lo esencial para ellos es la doble plaza, ¿o no? ― “no todos son así, Enrique, no seas igualado, deja de ser tan procaz”, le recriminé.  Sin dejar de mirarme, aspirando aire como para relajarse, expresó: estoy de acuerdo, no todos, no todos. Me consta que hay muchos que conocen la decencia, que realmente sienten amor por la enseñanza y saben la importancia y delicadeza del trabajo que desempeñan, por tal motivo nunca dejan de prepararse. Después hizo una pequeña pausa, intervalo que yo puntualmente aproveché para tratar de persuadirlo y que desistiera de navegar por aquellas aguas que para mi, se tornaban procelosas en forma desmedida ―Además  no puedes ser agresivo e irrespetuoso al expresarte de las cosas que atañen a nuestro país.  ― ¿Agresivo, agresivo, dijiste? Eso, eso es precisamente lo que es necesario para cambiar el estado en que se encuentra México.  Agresividad, combatividad, en el buen sentido de la palabra, fuerza, dinamismo, decisión, energía para exigir de formas legales a quienes se encaraman no siempre de manera muy transparente en el andamio del poder. Valor para trabajar en todos sentidos y hacer de México un país grande de verdad, que inspire respeto y no solamente condesendencia. ―La gente que dirige los destinos de México sabe mejor que nosotros lo que se debe hacer para ese cambio, argumenté sin lograr que descendieran los decibeles que la accidentada conversación, paulatinamente iba alcanzando. ― Mira compañero, basta ya de tus poses pacifistas, de tu actitud timorata, deja ya de intentar tener una solución bonachona para todas las dificultades, abandona de una vez por todas tu ensimismamiento, tu complacencia, tu falta de acción y acepa que hay un mar de problemas por la falta de capacidad, de sensibilidad, y de, precisamente, sentido patriótico de esos a los que tú llamas gobierno y educadores. ― “Tú no tienes esa novedosa solución a las dificultades de nuestra gente, no seas provocador”, me atreví a decirle. Recargando las palmas de sus manos en la mesa con más fuerza, se inclinó hacia mi, y con claridad, externó:  ―No, claro que no amigo, no provoco a nadie y para que lo sepas, no es una nueva solución, de hecho es una añeja proposición que hizo desde hace casi 100 años, quien a la postre fuera Ministro de Educación de Álvaro Obregón.  Sí, uno de los mayores intelectuales que ha dado nuestra nación: José Vasconcelos lo mencionó hasta el cansancio, mucho antes que ocupara tan importante puesto en dicha administración, y ya lo había dicho Filomeno mata para que a través de los años fueran secundados por una serie de personajes realmente patriotas y preocupados por el futuro de México, desde Belisario Domínguez, los Hermanos Flores Magón, Jesús, Ricardo y Enrique, hasta Doroteo Arango, Emiliano Zapata y lo continuaron diciendo Octavio Paz, Carlos Fuentes, y Francisco Gabilondo Soler, nuestro Crí-Crí.  La frase la promovió tanto que le costó la vida a un verdadero maestro; Lucio Cabañas Barrientos “si no nos educamos, si no se invierte en escuelas, tendremos graves problemas” y mira como estamos. Todo esto, artistas, intelectuales y gente de menor capacidad como, aquí, tu servidor, lo sabemos perfectamente.  ¿Ves, cómo esas ideas siguen teniendo vigencia aún en nuestro tiempo?― Bueno, Enrique, a qué vienen todos esos reclamos, toda esta retahíla de recriminaciones fuera de lugar, este no es el momento apropiado.  Encrespado, me dio la espalda para caminar por el salón de reuniones mientras me decía: ―Te equivocas Lázaro del Río, te equivocas; cualquier momento es propicio para manifestar el interés que tengo por ver un cambio sustantivo en el país donde nací y donde voy a morir.―Enrique, no olvidemos porque estamos aquí, el reportaje de la Bandera… ¡Permíteme, déjame continuar! Yo, en silencio lo observaba.  No, ya no hablaba el joven irreverente como cuando íbamos a la escuela secundaria Antonio Méndez Rodríguez y algún maestro, abusando de su autoridad, lograba apagar sus ideas revolucionarias, cercenando así su libertad de expresarse. Ahora se manifestaba un hombre maduro, indignado, dolido, y resentido por haber tenido que pasar los mejores años de su vida productiva en una nación que no era donde nació, por dejar toda la fuerza laboral, toda la creatividad, todo el conocimiento que un ser humano como él, pudiera aportar.

Arriscándose hasta los codos las mangas de su inmaculada camisa, Enrique García, mesándose el cabello blanco casi en su totalidad  y regresando al punto donde comenzara nuestra acalorada conversación, blandiendo su dedo índice en la dirección donde estaba mi silla, nuevamente arremetió: escucha amigo, ¿Acaso desde que tú y yo dejamos Michoacán, ha cambiado algo?, decía yo, la educación, la seguridad social, la economía, ¿Existen más fuentes de empleo? ¿La atención a los campesinos es efectiva?  La Bandera, amigo mío, al parecer sólo es para declararle poemas infantiles en las primarias como aquella de; banderita, banderita, banderita tricolor… No compañero, debe ser algo más profundo, más contundente, más trascendental.  El amor por ese estandarte debe ser como el que se le tiene a la patria,  debe  ser como el amor innato, puro, cristalino, diáfano, natural e infinito que se le rinde a nuestras madres, eso es lo que con todo respeto siento por la tierra que me vio crecer, que me dio ternura y calidez como una verdadera madre le diera a su hijo y lógicamente sé, a la perfección, que esa madre no nos quiere ver sumisos, apáticos, dormidos, resignados, manejables, ignorantes, y agachados sin pelear para mejorar… ― ¿No sé qué quieres Enrique?, ¿no sé que buscas con tu arenga cargada de rebeldía, con tus puntillosas observaciones? De verdad, ignoro ¿Qué es lo que deseas ver en nuestra patria para sentirte plenamente identificado con la tierra donde nacimos y que no tengas nada que reprochar?

Él, sin perder la inteligencia al hablar, sin abandonar su estilo educado de conducirse pero siendo muy directo, continuó: muy simple, ¿Sabes que es lo que quiero?, anhelo lo mismo que muchísimos mexicanos, quiero un país donde el sistema político no nos expulse por la falta de oportunidades, por la desigualdad, quiero un país en el cual no se persiga y se desaparezcan a los buenos líderes, deseo ver un país donde no se hostigue a los periodistas honestos, a los que tienen dignidad y no se venden, una patria donde no se mande eliminar a los activistas sociales, donde no se agreda la libertad de expresión en ningún ámbito, un país donde se respeten los derechos de las mujeres, donde no las maten a placer como sucede en Juárez y en otros tantos puntos de la República Mexicana, un país donde no existan los monopolios, donde exista diversidad, opciones reales, donde no exista el tráfico de influencias ni la intimidación, quiero, escúchame bien Lázaro del Río, que México tenga una buena salud mental, deseo fuertemente que mi país sea un país donde no se subasten los cargos públicos sin importar el talento, el conocimiento ni la honestidad para representar el oficio asignado.  Quiero que mi nación, sea un pueblo en donde se respete el voto, donde haya trasparencia al elegir a un gobernante, que no se le considere un estado fallido por la falta de la funcionalidad de sus instituciones, una país donde su comunidad verdaderamente tenga interés social por sí misma, un México donde la población tenga autentico control de sus recursos naturales, del petróleo, agua, minería, pesca, telecomunicaciones, trasporte, bienes públicos que debería ser de todos los mexicanos, deseo fervientemente que dejen de existir gobernantes mitómanos y oportunistas que a la postre, como sucede, pierdan credibilidad, respeto y admiración,  deseo un país donde no exista los crímenes ignominiosos y si los hay, que se esclarezcan y no queden en esa vil impunidad…

Buscando que terminara, que dejara de enumerar tantas cuestiones de esa índole, erróneamente lo interrumpí: ―tú no tienes autoridad alguna para hablar así.  Inmediatamente, como si hubiera sentido el aguijón de un bicho ponzoñoso me corto el paso, ¿Qué no tengo autoridad?  ¿Y desde cuando se ocupa permiso para expresarte libremente?, haber, dime, dime amigo, ¿Acaso la administración actual municipal, estatal o federal, me va a perseguir por preguntar, por cuestionar, por levantar la voz, por hacer públicos mis justísimos reclamos? ¿O qué, también en esta página de internet me vas a censurar, me vas a coartar  el derecho de decir lo que veo y lo que pienso? ¿Sí? ¿También tú me vas a obligar a callarme lo que todos los mexicanos dignos queremos gritar?… Tú, tú que fuiste conmigo a las cañas de maíz para hacer lumbre, a las rajas, al pasojo, tú que fuiste a pepenar maíz o frijol y eso, sólo cuando el patrón nos lo permitía, a recolectar leña para venderla, tú que ofrecías manojos de  alfalfa en las esquinas, tú que a mi lado prestabas también ayuda en el mercado, tú que cursaste la primeria, y secundaria conmigo y después me tuviste que acompañar a cruzar la línea fronteriza para tratar, primero de comer decentemente todos los días y después para lograr nuestros sueños…  ¿Me vas a suprimir?… Compañero de andanzas,  no se te olvide que somos lo que recordamos y por lo visto tu capacidad de recordar, te está abandonando. ―Todo eso se arreglará con la preparación, con la expansión de la cultura, con la lectura, argumente  ― ¡Sí cómo no, pero por supuesto!  ¿Tú crees que en un país de 120 millones de habitantes y donde sólo el 3% de ellos leen, mejorará toda nuestra estructura social, política y cultural… No amigo, no.  Digamos no a las telenovelas, a las academias, repudiemos ver los programas deportivos en exceso, a siempre en domingo, rechacemos hogar dulce hogar, renunciemos a toda la programación de basura que producen las televisoras y la radio, otra barrera invisible para que mi país siga así, desarticulado, y cada vez perdiendo más identidad, con menos idiosincrasia.  Convincentemente, agitando sus manos con ademanes de fuerza, seguía: Hermano, créeme, es necesario que  acudamos a las hermosas palabras impresas para que nadie nos mienta, para que podamos desarrollar un sólido criterio y podamos defender nuestros derechos.  Irresponsablemente, sin pedir permiso, intenté nuevamente que cambiara la temática de aquel, por momentos incendiario monologo encarándolo decisivamente: ―lo que sucede es que eres un resentido, un amargado de ideas misántropas, Enrique.   Con voz de un hombre altamente indignado, frente a mí, explotó: mira amigo de siempre, para tu conocimiento soy muy feliz, yo no estoy amargado, yo no necesito ser influenciado por nada ni nadie para tratar de vivir la vida plenamente, aprovechando todo lo que sirve y retirándole de aquello que me podría hacer daño, sólo que me duele irrefutablemente la situación social de mi país.  Pretendí que parara la conversación, o al menos que dejara de arrojar aquellos dardos que, acá entre nosotros, calaban fuertemente.  Utilicé el último recurso que me quedaba, diciéndole: ―bueno, es que Dios ha dispuesto que vivamos de esa manera, si el Señor así lo ordena, que le vamos a hacer.

―¡ Ay Lázaro! , pobre del Río, no digas tonterías, deja a Dios en paz, el no tiene la culpa de tu pereza mental, de tu holgazanería, de tu desgano y falta de entendimiento ― ¡Óyeme no!, tampoco me vas a insultar, ―no amigo, no es un insulto y tú lo sabes, pero las cosa como son, ¿o no?, ―no, pues eso sí, ¡Claro!, pero no seas tan cínico, tan atrevido, no te expreses tan irreverentemente de la situación de nuestro país,  ―no lo hago amigo, si digo todo esto, es porque, lo reitero, me interesa el destino de México como país y como sociedad.

Haciendo una pausa, caminado hacia el costado opuesto del lustroso mueble ésta vez con un profundo suspiro, dejando por un instante su febril manera de expresarse, pero con marcada vehemencia, continuó: ¿Qué le pasó a México, Lázaro?, dime que fue de aquel país acogedor, sonriente, noble, abrigador, bondadoso, con marcadas necesidades sí, pero con mucha más dignidad que ahora ¿Qué dejamos de hacer? ¿En qué nos equivocamos como sociedad?  ¿Dime dónde está aquel país, dime quién ha peleado realmente por él?, creo que si Zapata y Pancho Villa vieran la situación, seguramente se volverían a morir, ―Caray, no se puede ser tan crítico de todo, Enrique, ―si tú crees que por decir esto soy crítico, prefiero ese término a ser calificado de indulgente, incapaz de comprometerse, sin coraje para alzar la voz ni talento alguno para ser uso de nuestra libertad.  ―ésta conversación esta fuera de lugar Enrique, créemelo, ―no amigo, no está fuera de lugar.  ―pero Quique, no puedes ser tan inconforme, olvídate de tu ideología revolucionaria. ¿Dime como se logra eso amigo, cuando se aprecia que nuestra nación está acéfala en muchos aspectos? ¿Qué acaso no te das cuenta que nos han quitado del derecho de pasear por nuestro país a cualquier hora, libremente, sin temor alguno? En otras palabras ¿No te das cuenta que cada vez somos menos libres siendo la libertad el principal derecho de los hombres, la principal facultad que debería existir en todos los países? Tú, muchísimos más y yo, lo sabemos, es difícil que México cambie, pero también creo que el único medio es por la educación, educación seria, es a base de instrucción responsable, profunda, vasta, amplia, que llegue a toda la sociedad, ilimitada, que estremezca los cimientos de ésta estructura obsoleta y poco productiva.  Sí, que sea accesible para todos, especialmente para los niños y los jóvenes que son el activo más valioso con que cuenta nuestra nación para afrontar el futuro, sólo así acabaremos con el atraso y el rezago social en el que estamos inmersos, no bastan las buenas intenciones de unos cuantos, unidos, tirando todos para el mismo lado, solamente de esa forma alcanzaremos el reacomodo social que necesitamos, sólo así lograremos la solidaridad, la unión, el esfuerzo en conjunto para ver un México robusto y saludable, con un futuro promisorio.  Entonces, sólo entonces,  nos vamos a dejar de preguntar hasta cuando las cosas serán mejor.

Un silencio pasmoso se apoderó del amplio salón que nos habían facilitado por tres horas, Enrique García, pensativo, cabizbajo, como queriendo ordenar sus pensamientos, se colocó los anteojos en el rostro, tomó su libreta, su lápiz y cuando me tendía la mano para despedirse, le pregunté ¿Y el reportaje de nuestra Bandera Nacional?, él, sorprendido, reaccionó  ¡Ha sí, el reportaje… Lo llevaremos a cabo el próximo febrero, tal vez las cosas cambien, puede ser que alguien lea esto, nos contacte y dejemos de cruzar los brazos para emprender algo y ya no tener que preguntarnos… México, mi patria, mi nación, mi país, nuestra tierra madre… ¿Hasta cuándo mejorará?

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Consejo Editorial de CRÓNICA, HISTORIA Y ALGO MÁS...